Paul Virilo´s Bunker Archeology

Antes de entrar en el Gran Salón del Hotel Subterráneo la camarera me ató un embozo al rostro. El lugar estaba lleno de clientes embozados y prostitutas desnudas con el cuerpo cubierto de tatuajes, anilladas y marcadas a cuchillo por sus propietarios, glifos de cicatrices en espaldas, nalgas, muslos, escarificaciones tintadas en los pechos. Las prostitutas se movían entre las mesas en las que los hombres cenaban y bebían, con un cierto aire de desfallecimiento, invitando a tocar sus marcas. (…)
La camarera que me había puesto el embozo apareció por el pasillo empujando un carrito con flores, hielo y un par de botellas de champán. No levantaba la mirada del suelo. Llamó a una puerta al otro lado del pasillo. Esperó unos segundos y entró. Entreví a una mujer colgada de pies y manos del techo, amordazada y cegada, y a un hombre desnudo de cintura para arriba y con un pasamontañas, que le pasaba, no sin cierta ternura, un pañuelo verde por la boca, intentando limpiarle de babas la mordaza.
Ilustrado por Marcos de Diego
Hicimos el amor en el suelo alfombrado, de rodillas, V contra la cama, el rostro oculto en las mantas de lana, los gemidos quedos mientras la penetraba y le sujetaba por las caderas, cada vez más rápido y más fuerte, siguiendo la música del violinista invisible, y el efecto de la infusión de chazal nos descomponía y conectaba, entrelazaba recuerdos propios y ajenos, impresiones, sensaciones, el tacto de cosas que nunca había tocado, el miedo terrible de una mañana que había compartido pero que nunca había sentido de la misma manera.
Al final eyaculé sobre sus nalgas. Se hizo un silencio mortal en la ciudad. Sólo podía percibir su respiración, el olor del sexo, el esperma salpicado en las alfombras y en su piel, el rumor de la sangre hirviendo en nuestras arterias. El mundo había sido suspendido durante unos minutos, reducido, deshilado, y caía como bloques de nuevo en nuestra percepción, en nuestros sentidos. Nos acariciamos durante un momento, transidos, helados. De repente algo nos inquietó. Nos pusimos en pie y nos acercamos desnudos al ventanuco. Había un hombre en el patio, vestido con un largo gabán gris, la cabeza inclinada en un ángulo extraño, los ojos cerrados.
Ilustración: Marcos de Diego







